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DIA 144-SANTA BIBLIA EN UN AÑO TEXTO Y AUDIO



144 - DÍAS. LA SANTA BIBLIA EN UN AÑO

TEXTO Y AUDIO




El Antiguo Testamento
SEGUNDO LIBRO DE SAMUEL C. 19


Capítulo 19
El dolor de David por la muerte de Absalón
1 El rey se estremeció, subió a la habitación que estaba arriba de la Puerta y se puso a llorar. Y mientras iba subiendo, decía: «¡Hijo mío, Absalón, hijo mío! ¡Hijo mío, Absalón! ¡Ah, si hubiera muerto yo en lugar de ti, Absalón, hijo mío!».
2 Entonces avisaron a Joab: «El rey llora y se lamenta por Absalón».
3 La victoria, en aquel día, se convirtió en duelo para todo el pueblo, porque todos habían oído que el rey estaba muy afligido a causa de su hijo.
4 Aquel día, el ejército entró furtivamente en la ciudad, como lo hubiera hecho un ejército avergonzado por haber huido del combate.
5 Mientras tanto, el rey se había cubierto el rostro y gritaba: «¡Absalón, hijo mío! ¡Absalón, hijo mío, hijo mío!».
6 Joab fue adentro a ver al rey y le dijo: «¡Hoy has cubierto de oprobio el rostro de tus servidores, esos que hoy han salvado tu vida y la vida de tus hijos y tus hijas, de tus mujeres y concubinas!
7 Porque tú amas a los que te odian y odias a los que te aman. ¡Sí, hoy has puesto de manifiesto que para ti no valen nada ni los jefes ni los soldados! Seguro que si hoy Absalón estuviera vivo, y todos nosotros muertos, a ti te parecería una cosa justa.
8 Ahora levántate y ve a dar una palabra de aliento a tus servidores. Porque si no sales ¡juro por el Señor que esta noche no quedará nadie contigo! Y esa sí que será para ti una desgracia peor que todas las que has soportado desde tu juventud hasta ahora».
9 Entonces el rey se levantó y fue a sentarse a la Puerta. Y cuando hicieron correr la noticia: «¡El rey está sentado a la Puerta!», todo el pueblo acudió a presentarse ante el rey.
El retorno de David
Mientras tanto, los de Israel habían huido cada uno a su carpa.
10 Y en todas las tribus de Israel había discusiones entre el pueblo: «El rey, decían, nos libró de las manos de nuestros enemigos, nos liberó del poder de los filisteos, ¡y ahora ha tenido que huir del país a causa de Absalón!
11 Pero Absalón, al que habíamos ungido para que fuera nuestro jefe, ha muerto en el combate. ¿Qué esperan entonces para traer de vuelta al rey?».
12 Y lo que se decía en todo Israel llegó a conocimiento del rey. Entonces el rey David mandó decir a los sacerdotes Sadoc y Abiatar: «Hablen en estos términos a los ancianos de Judá: «¿Por qué van a ser ustedes los últimos en hacer que el rey vuelva a su casa?
13 Ustedes son mis hermanos, de mi propia sangre: ¡no pueden ser los últimos en hacer que vuelve el rey!».
14 Y a Amasá le dirán: «¿No eres tú de mi misma sangre? ¡Que Dios me castigue una y otra vez, si tú no ocupas para siempre el lugar de Joab, como jefe de mi ejército!».
15 Así el rey se ganó el corazón de todos los hombres de Judá como el de un solo hombre, y ellos le mandaron decir: «Vuelve, tú y todos tus servidores».
El encuentro de David con Simei
16 El rey emprendió el camino de regreso y llegó hasta el Jordán. Los de Judá, por su parte, habían ido a Guilgal para recibirlo y ayudarlo a pasar el Jordán.
17 Simei, hijo de Guerá, el benjaminita de Bajurím, se apresuró a descender con los hombres de Judá al encuentro del rey David,
18 llevando consigo a mil hombres de Benjamín, Sibá, el servidor de la casa de Saúl, y con él sus quince hijos y sus veinte servidores, bajaron prontamente al Jordán antes que el rey,
19 y cruzaron el vado, para hacer pasar a la familia del rey y complacer todos sus deseos. En cuanto a Simei, se arrojó a los pies del rey cuando este iba a cruzar el Jordán,
20 y exclamó: «¡Que el rey no me tenga en cuenta la falta! ¡No te acuerdes de la falta que cometió tu servidor, el día en que el rey, mi señor, salía de Jerusalén! ¡No le des importancia,
21 ya que tu servidor reconoce su pecado! Por eso hoy soy el primero de toda la casa de José que ha bajado al encuentro de mi señor, el rey».
22 Entonces intervino Abisai, hijo de Seruiá, y dijo: «¿No va a morir Simei por haber maldecido al ungido del Señor?».
23 Pero David replicó: «¿Qué tengo que ver yo con ustedes, hijos de Seruiá, para que hoy se comporten como adversarios míos? Hoy nadie será condenado a muerte en Israel. ¿No estoy acaso ahora seguro de ser el rey de Israel?».
24 Luego el rey dijo a Simei: «Tú no morirás». Y se lo juró.
El encuentro con Meribaal
25 También Meribaal, hijo de Saúl, bajó al encuentro del rey. No se había cuidado los pies, ni arreglado el bigote, ni hecho lavar la ropa, desde el día en que el rey partió de Jerusalén hasta que volvió sano y salvo.
26 Apenas llegó de Jerusalén para recibir al rey, este le dijo: «¿Por qué no has venido conmigo, Meribaal?».
27 El respondió: «¡Rey, mi señor, he sido traicionado por mi servidor! Porque yo había pensado: «Voy a ensillar el asno para montar en él e irme con el rey», ya que estoy lisiado.
28 Pero él me calumnió ante mi señor, el rey. Sin embargo, tú eres como un ángel de Dios: trátame entonces como mejor te parezca.
29 Porque toda la casa de mi padre no merecía de parte de mi señor, el rey, nada más que la muerte. Y a pesar de todo, tú me has admitido entre tus comensales: ¿qué derecho tengo todavía de reclamar algo al rey?».
30 El rey le respondió: «¿Para qué vas a añadir nuevas razones? Ya lo he decidido: tú y Sibá se repartirán las tierras».
31 Meribaal dijo al rey: «¡Que él se quede con todo, puesto que mi señor, el rey, ha vuelto a su casa sano y salvo!».
El encuentro con Barzilai
32 Barzilai, el de Galaad, había bajado de Roglím y había pasado con el rey el Jordán, para despedirlo junto al río.
33 Barzilai era muy anciano, tenía ochenta años, y había abastecido de provisiones al rey durante su permanencia en Majanaim, porque era un hombre de muy buena posición.
34 El rey le dijo: «Sigue adelante conmigo, y yo me ocuparé de tu sustento en Jerusalén».
35 Pero Barzilai respondió al rey: «¿Cuántos años más voy a tener de vida para que suba contigo a Jerusalén?
36 ¡Ya tengo ochenta años! No puedo distinguir lo bueno de lo malo, ni saborear lo que como o lo que bebo, ni oír la voz de los cantores y cantoras. ¿Por qué tu servidor va a ser una carga más para mi señor, el rey?
37 Tu servidor te acompañará un corto trecho más allá del Jordán. ¿Para qué me vas a conceder semejante recompensa?
38 Te ruego que me dejes volver, y así moriré en mi ciudad junto a la tumba de mi padre y de mi madre. Ahí tienes a tu servidor Quimham: que él siga adelante con mi señor, el rey, trátalo como mejor te parezca».
39 El rey dijo entonces: «Que Quimham siga adelante conmigo; yo lo trataré como mejor te parezca y haré por ti todo lo que quieras pedirme».
40 Todo el pueblo pasó el Jordán, y también paso el rey. Luego el rey besó a Barzilai y lo bendijo, y él regresó a su casa.
Disenciones entre Israel y Judá
41 El rey avanzó hasta Guilgal, y Quimham iba con él. Todo el pueblo de Judá acompañaba al rey, y también la mitad del pueblo de Israel.
42 Entonces todos los hombres de Israel se presentaron al rey y le dijeron: «¿Por qué te tienen acaparado nuestros hermanos, los hombres de Judá, y han sido ellos los que hicieron cruzar el Jordán al rey, a su familia y a todos los hombres que estaban con David?».
43 Los hombres de Judá respondieron a los de Israel: «Es porque el rey está más cerca de nosotros. ¿Por qué se van a irritar a causa de esto? ¿Acaso hemos comido a costa del rey o él nos ha concedido algún privilegio?».
44 Pero los hombres de Israel replicaron a los de Judá: «Nosotros tenemos sobre el rey, incluso sobre David, diez veces más derechos que ustedes. ¿Por qué nos han relegado? ¿No fuimos nosotros los primeros en proponer que volviera nuestro rey?». A esto respondieron los hombres de Judá con palabras aún más duras.


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El Antiguo Testamento
 SEGUNDO
 LIBRO DE SAMUEL C. 20

Capítulo 20
La rebelión de Seba
1 Casualmente se encontraba allí un malvado llamado Seba, hijo de Bicrí, un benjaminita. El tocó la trompeta y exclamó: «Nosotros no tenemos parte con David ni herencia común con el hijo de Jesé, ¡Cada uno a su carpa, Israel!».
2 Todos los hombres de Israel se apartaron de David para seguir a Seba, hijo de Bicrí; pero los hombres de Judá se mantuvieron unidos a su rey, desde el Jordán hasta Jerusalén.
3 David entró a su casa en Jerusalén. Entonces el rey tomó a las diez concubinas que había dejado al cuidado de la casa y las puso en un recinto bien custodiado. El proveía a su mantenimiento, pero no tuvo más relaciones con ellas, y así estuvieron recluidas, viviendo como viudas, hasta el día de su muerte.
Amasá asesinado por Joab
4 El rey dijo a Amasá: «Convócame a los hombres de Judá en tres días. Luego preséntate aquí».
5 Amasá fue a convocar a Judá, pero se excedió del plazo que David le había fijado.
6 Entonces David dijo a Abisai: «Ahora Seba, hijo de Bicrí, va a causarnos más daño que Absalón. Recluta tú mismo a los servidores de tu señor y persíguelo, no sea que ocupe algunas plazas fuertes y se nos escape».
7 Así partieron detrás de Abisai los hombres de Joab, los quereteos, los peleteos y todos los Guerreros, saliendo de Jerusalén en persecución de Seba, hijo de Bicrí.
8 Cuando estaban junto a la piedra grande que hay en Gabaón, Amasá se presentó delante de ellos. Joab, que iba vestido con su indumentaria militar, llevaba encima de ella un cinturón con una espada envainada y ajustada a la cintura. Y cuando se adelantó, se le cayó la espada.
9 Joab dijo a Amasá: «¿Estás bien, hermano?», y le tomó la barba con la mano derecha para besarlo.
10 Pero Amasá no había prestado atención a la espada que tenía Joab en la mano izquierda, y este lo hirió en el bajo vientre, desparramando sus entrañas por el suelo. Así murió Amasá, sin que Joab tuviera que repetir el golpe. Luego Joab y su hermano Abisai se lanzaron en persecución de Seba, hijo de Bicrí.
11 Uno de los jóvenes de Joab se paró al lado de Amasá y exclamó: «El que es partidario de Joab y está con David, ¡que siga a Joab!».
12 Mientras tanto, Amasá, bañado en sangre, se revolcaba en medio del camino. Al ver que todos se detenían, aquel hombre retiró a Amasá del camino y arrojó sobre él su manto, porque veía que todos los que llegaban junto a él se paraban.
13 Y una vez que lo apartó del camino, todos siguieron adelante detrás de Joab, para perseguir a Seba, hijo de Bicrí.
Fin de la rebelión de Seba
14 Seba recorrió todas las tribus de Israel hasta Abel Bet Maacá, y todos los del clan de Bicrí se reunieron y también lo siguieron.
15 Pero los otros fueron a sitiarlo en Abel Bet Maacá y levantaron contra la ciudad un terraplén que llegaba al antemuro. Como toda la tropa que estaba con Joab se puso a socavar el muro para hacerlo caer,
16 una mujer sagaz gritó desde la ciudad: «¡Escuchen, escuchen! Díganle por favor a Joab que se acerque aquí, para que yo le hable».
17 El se le acercó y la mujer le dijo: «¿Tú eres Joab?». «Sí, soy yo», respondió él. Ella continuó diciendo: «¡Escucha las palabras de tu servidora!». Joab respondió: «Te escucho».
18 Entonces la mujer habló en estos términos: «Antes se solía decir: "Que se consulte a los de Abel, y asunto concluido".
19 Nosotros somos de lo más pacífico y leal en Israel. ¡Y tú pretendes destruir una ciudad que es madre en Israel! ¿Por qué quieres aniquilar la herencia del Señor?».
20 Pero Joab respondió: «¡Lejos de mí destruir y arruinar!
21 No se trata de eso; lo que pasa es que un hombre de la montaña de Efraím, llamado Seba, hijo de Bicrí, ha alzado su mano contra el rey David. Entréguenlo a él solo, y yo me retiraré de la ciudad». La mujer dijo a Joab: «En seguida te arrojarán su cabeza por encima del muro».
22 La mujer se dirigió a todo el pueblo con tanta cordura, que ellos le cortaron la cabeza a Seba, hijo de Bicrí, y se la arrojaron a Joab. Este hizo sonar la trompeta y levantaron el asedio, yéndose cada uno a su carpa. Joab, por su parte, se volvió a Jerusalén, junto al rey.
Los oficiales de la corte de David
23 Joab comandaba todo el ejército de Israel; Benaías, hijo de Iehoiadá, estaba al frente de los queretos y peleteos.
24 Adoram era el encargado del reclutamiento de trabajadores; Josafat, hijo de Ajilud, el archivista;
25 Seiá, el secretario; Sadoc y Abiatar, los sacerdotes.
26 También Irá, el jairita, era sacerdote de David.



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El Antiguo Testamento
  ECLESIÁSTICO C. 35

Capítulo 35
1 Observar la Ley es como presentar muchas ofrendas y ser fiel a los mandamientos es ofrecer un sacrificio de comunión;
2 devolver un favor es hacer una oblación de harina y hacer limosna es ofrecer un sacrifico de alabanza.
3 La manera de agradar al Señor es apartarse del mal, y apartarse de la injusticia es un sacrificio de expiación.
4 No te presentes ante el Señor con las manos vacías, porque todo esto lo prescriben los mandamientos.
5 Cuando la ofrenda del justo engrasa el altar, su fragancia llega a la presencia del Altísimo.
6 El sacrificio del justo es aceptado y su memorial no caerá en el olvido.
7 Glorifica al Señor con generosidad y no mezquines las primicias de tus manos.
8 Da siempre con el rostro radiante y consagra el diezmo con alegría.
9 Da al Altísimo según lo que él te dio, y con generosidad, conforme a tus recursos,
10 porque el Señor sabe retribuir y te dará siete veces más.
11 No pretendas sobornarlo con un don, porque no lo aceptaría, y no te apoyes en un sacrificio injusto.
12 Porque el Señor es juez y no hace distinción de personas:
13 no se muestra parcial contra el pobre y escucha la súplica del oprimido;
14 no desoye la plegaria del huérfano, ni a la viuda, cuando expone su queja.
15 ¿No corren las lágrimas por las mejillas de la viuda y su clamor no acusa al que las hace derramar?
16 El que rinde el culto que agrada al Señor, es aceptado, y su plegaria llega hasta las nubes.
17 La súplica del humilde atraviesa las nubes y mientras no llega a su destino, él no se consuela:
18 no desiste hasta que el Altísimo interviene, para juzgar a los justos y hacerles justicia.
19 El Señor no tardará y no tendrá paciencia con los impíos,
20 hasta quebrar el poderío de los despiadados y dar su merecido a las naciones;
21 hasta extirpar la multitud de los prepotentes y quebrar el cetro de los injustos;
22 hasta retribuir a cada hombre según sus acciones, remunerando las obras de los hombres según sus intenciones;
23 hasta juzgar la causa de su pueblo y alegrarlo con su misericordia.
24 ¡Qué hermosa es la misericordia en le momento de la aflicción, como las nubes de lluvia en tiempo de sequía!


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El Antiguo Testamento
  ECLESIÁSTICO C. 36
Capítulo 36
1 Ten piedad de nosotros, Dueño soberano, Dios de todas las cosas, y mira, infunde tu temor a todas las naciones.
2 Levanta tu mano contra las naciones extranjeras y que ellas vean tu dominio.
3 Así como les manifestaste tu santidad al castigarnos, manifiéstanos también tu grandeza castigándolas a ellas;
4 y que ellas te reconozcan, como hemos reconocido nosotros que no hay otro Dios fuera de ti, Señor.
5 Renueva los signos y repite las maravillas, glorifica tu mano y tu brazo derecho.
6 Despierta tu furor y derrama tu ira, suprime al adversario y extermina al enemigo.
7 Apresura la hora y acuérdate del juramento, para que se narren tus hazañas.
8 Que el fugitivo sea devorado por el ardor del fuego, y que encuentren su perdición los que maltratan a tu pueblo.
9 Aplasta la cabeza de los jefes enemigos, que dicen: «¡No hay nadie fuera de nosotros!».
10 Congrega a todas las tribus de Jacob, y entrégales su herencia, como al comienzo.
11 Ten piedad, Señor, del pueblo que es llamado con tu Nombre, de Israel, a quien trataste como a un primogénito.
12 Ten compasión de Ciudad santa, de Jerusalén, el lugar de reposo.
13 Llena a Sión de alabanzas por tu triunfo, y a tu pueblo, cólmalo de tu gloria.
14 Da testimonio a favor de los que tú creaste en el principio, y cumple las profecías anunciadas en tu Nombre.
15 Dales la recompensa a los que te aguardan, y que se compruebe la veracidad de tus profetas.
16 Escucha, Señor, la oración de los que te suplican, conforme a la bendición de Aarón sobre tu pueblo,
17 para que todos los que viven en la tierra reconozcan que tú eres el Señor, el Dios eterno.
18 El estómago asimila toda clase de alimentos, pero hay unos mejores que otros.
19 El paladar distingue los manjares y el corazón inteligente descubre las mentiras.
20 Un corazón tortuoso provoca contrariedades, pero el hombre de experiencia le da su merecido.
21 Una mujer acepta cualquier marido, pero unas jóvenes son mejores que otras.
22 La hermosura de la mujer alegra el rostro y supera todos los deseos del hombre.
23 Si en sus labios hay bondad y dulzura, su marido ya no es más uno de tantos hombres.
24 El que adquiere una mujer tiene el comienzo de la fortuna, una ayuda adecuada a él y una columna donde apoyarse.
25 Donde no hay valla, la propiedad es saqueada, y donde no hay mujer, el hombre gime y va a la deriva.
26 ¿Quién puede fiarse de un salteador que va rápidamente de ciudad en ciudad?
27 Así sucede con el hombre sin nido, que se alberga donde lo sorprende la noche.

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