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201 - DÍAS. LA SANTA BIBLIA
TEXTO Y AUDIO

El Antiguo Testamento
SEGUNDO LIBRO DE LAS CRONICAS 

C. 33


Capítulo 33
1 Manasés tenía doce años cuando comenzó a reinar, y reinó cincuenta y cinco años en Jerusalén.
2 El hizo lo que es malo a los ojos del Señor, siguiendo las costumbres abominables de las naciones que el Señor había desposeído delante de los israelitas.
3 Reedificó los lugares altos que había derribado su padre Ezequías; erigió altares a los Baales, hizo postes sagrados, y se postró delante de todo el Ejército de los cielos y lo sirvió.
4 Edificó altares en la Casa del Señor, de la que el mismo Señor había dicho: «En Jerusalén estará mi Nombre para siempre».
5 Edificó altares a todo el Ejército de los cielos en los dos atrios de la Casa del Señor.
6 Inmoló a sus propios hijos en el fuego, en el valle de Ben Hinnóm, practicó la astrología, la magia y la hechicería, e instituyó nigromantes y adivinos. Persistió en hacer lo que es malo a los ojos del Señor, provocando su indignación.
7 La estatua del Idolo que había hecho, la instaló en la Casa de Dios, de la que el mismo Dios había dicho a David y a su hijo Salomón: «En esta Casa y en Jerusalén, que yo elegí entre todas las tribus de Israel, pondré mi Nombre para siempre.
8 Ya no permitiré que Israel ande errante lejos del suelo que destiné a sus padres, con tal que se empeñen en practicar todo lo que les he mandado, de acuerdo con la Ley, los preceptos y las normas, transmitidos por Moisés».
9 Manasés extravió a Judá y a los habitantes de Jerusalén, a tal punto que obraron peor que las naciones que el Señor había exterminado delante de los israelitas.
10 El señor habló a Manasés y a su pueblo, pero ellos no le prestaron atención.
11 Entonces el Señor hizo venir contra ellos a los jefes del ejército del rey de Asiria, y estos capturaron a Manasés con garfios, lo sujetaron con doble cadena de bronce y lo llevaron a Babilonia.
12 En medio de su angustia él aplacó al Señor, su Dios, humillándose profundamente delante del Dios de sus padres.
13 Le suplicó, y el Señor lo escuchó benignamente: oyó su plegaria lo hizo volver a su reino, en Jerusalén. Así reconoció Manasés que el Señor es Dios.
14 Después de esto, construyó una muralla exterior a la Ciudad de David, al oeste del Guijón, en el valle, hasta la puerta de los Peces, rodeando el Ofel, y la hizo muy alta. Además, puso jefes militares en todas las ciudades fuertes de Judá.
15 Luego retiró de la Casa del Señor los dioses extranjeros y el Idolo. Hizo lo mismo con todos los altares que él mismo había erigido en la montaña de la Casa del Señor y en Jerusalén, arrojándolos fuera de la ciudad.
16 Restauró el altar del Señor e inmoló sobre él sacrificios de comunión y de acción de gracias, y ordenó que Judá sirviera al Señor, el Dios de Israel.
17 El pueblo, sin embargo, continuaba ofreciendo sacrificios en los lugares altos, aunque sólo el Señor, su Dios.
18 El resto de los hechos de Manasés, la oración hecha a su Dios y las palabras de los videntes que le hablaron en nombre del Señor, el Dios de Israel, están escritos en los Anales de los reyes de Israel.
19 Su plegaria y cómo fue escuchado, todo su pecado y su prevaricación, los sitios donde edificó lugares altos y erigió postes sagrados e ídolos, antes de humillarse, están escritos en las Memorias de Jozai.
20 Manasés se fue a descansar con sus padres, y lo sepultaron a su casa. Su hijo Amón reinó en lugar de él.
21 Amón tenía veintidós años cuando comenzó a reinar, y reinó dos años en Jerusalén.
22 El hizo lo que es malo a los ojos del Señor, como lo había hecho su padre Manasés. Ofreció sacrificios y sirvió a todos los ídolos que había hecho su padre Manasés.
23 Pero no se humilló delante del Señor, como se había humillado su padre Manasés, sino que multiplicó sus culpas.
24 Sus servidores conspiraron contra él y lo mataron en su palacio.
25 Pero el pueblo del país mató a todos los que habían conspirado contra el rey Amón, y el mismo pueblo proclamó rey en lugar de él a su hijo Josías.


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El Antiguo Testamento
SEGUNDO LIBRO
 DE LAS CRONICAS C. 34

Capítulo 34
1 Josías tenía ocho años cuando comenzó a reinar, y reinó treinta y un años en Jerusalén.
2 Hizo lo que es recto a los ojos del Señor y siguió los caminos de su padre David, sin apartarse ni a la derecha ni a la izquierda.
3 En el octavo año de su reinado, cuando todavía era joven, comenzó a buscar al Dios de su padre David, y en el año duodécimo comenzó a purificar a Judá y Jerusalén de los lugares altos, de los postes sagrados y de los ídolos esculpidos o de metal fundido.
4 Fueron derribados en su presencia los altares de los Baales, e hizo pedazos los incensarios que había encima de ellos; destrozó los postes sagrados y los ídolos esculpidos o de metal fundido, los redujo a polvo, y lo esparció sobre las tumbas de los que les habían ofrecido sacrificios.
5 Quemó los huesos de los sacerdotes sobre sus altares, y así purificó a Jerusalén y a Judá.
6 En las ciudades de Manasés, de Efraím, de Simeón, e incluso de Neftalí, en todas sus plazas,
7 derribó los altares, destruyó los postes sagrados y los ídolos hasta reducirlos a polvo, y destrozó todos los incensarios en todo el país de Israel. Luego regresó a Jerusalén.
8 El año decimoctavo de su reinado, una vez que purificó el país y la Casa, Josías envió a Safán, hijo de Asalías, y a Ioáj, hijo de Ioajaz, el archivista, a reparar la Casa del Señor, su Dios.
9 Ellos se presentaron a Jilquías, el sumo sacerdote, y le entregaron el dinero recaudado para la Casa de Dios, que los levitas guardianes del umbral habían recogido de Manasés, de Efraím y de todo el resto de Israel, de todo Judá y Benjamín, y de los habitantes de Jerusalén.
10 Luego ese dinero se puso en manos de los que dirigían los trabajos, de los encargados de supervisar la Casa del Señor, y ellos lo entregaron a los que ejecutaban las obras que se hacían en la Casa del Señor, para restaurar y reparar el edificio.
11 También se lo dieron a los carpinteros y albañiles, a fin de comprar piedras talladas y madera para el armazón y las vigas de las construcciones, que los reyes de Judá habían dejado deteriorarse.
12 Estos hombres realizaban su trabajo a conciencia. Como encargados al frente de ellos estaban los levitas Iájat y Abdías, de los hijos de Merarí, y Zacarías y Mesulam, de los hijos de Quehat, que dirigían las obras. Los levitas, que sabían tocar instrumentos musicales,
13 acompañaban a los que llevaban las cargas y dirigían a todos los obreros, cualquiera fuera su oficio. Otros levitas eran escriba, inspectores y porteros.
14 Mientras retiraban el dinero recaudado para la Casa del Señor, el sacerdote Jilquías encontró el libro de la Ley promulgada por Moisés.
15 Entonces Jilquías tomó la palabra y dijo a Safán, el secretario: «He encontrado el libro de la Ley en la Casa del Señor». Jilquías entregó el libro a Safán,
16 y este se lo llevó al rey, cuando fue a darle cuenta, diciendo: «Tus servidores hicieron todo lo que les habías encomendado:
17 han volcado la plata que se encontraba en la Casa del Señor y se le entregaron a los encargados y a los que ejecutan los trabajos».
18 Luego el secretario Safán anunció al rey: «Jilquías, el sacerdote, me ha dado un libro». Y Safán lo leyó delante del rey.
19 Cuando el rey oyó las palabras de la Ley, rasgó sus vestiduras,
20 y dio esta orden a Jilquías, a Ajicam, hijo de Safán, a Abdón, hijo de Micá, a Safán, el secretario, y a Asaías, el servidor del rey:
21 «Vayan a consultar al Señor por mí y por el resto de Israel y de Judá, acerca de las palabras del libro que ha sido encontrado. Porque es grande el furor del Señor que se ha derramado sobre nosotros, ya que nuestros padres no han observados la palabra del Señor y no han obrado conforme a todo lo que está escrito en este libro».
22 Jilquías y los que habían sido designados por el rey fueron a ver a la profetisa Julda, esposa de Salúm, hijo de Tocat, hijo de Jasrá, el encargado del vestuario. Ella habitaba en Jerusalén, en el barrio nuevo. Y una vez que le expusieron el caso,
23 les dijo: «Así habla el Señor, el Dios de Israel: Díganle al hombre que los ha enviado:
24 Así habla el Señor: Yo voy a traer una desgracia sobre este lugar y sobre sus habitantes, cumpliendo así todas las maldiciones escritas en el libro que han leído ante el rey de Judá.
25 Porque me han abandonado y han quemado incienso a otros dioses, provocando mi indignación con todas las obras de sus manos, mi furor se derramará sobre este lugar, y no se extinguirá.
26 Pero al rey de Judá que los envía a consultar al Señor, le dirán: Así habla el Señor, el Dios de Israel: En lo que respecta a las palabras que tú has escuchado...
27 Porque tu corazón se ha conmovido y te has humillado delante de Dios al oír sus palabras contra este lugar y contra sus habitantes; porque te has humillado delante de mí, has rasgado tus vestiduras y has llorado en mi presencia, también yo he escuchado –oráculo del Señor–.
28 Yo voy a reunirte con tus padres: serás sepultado en paz y tus ojos no verán nada de la desgracia que atraeré sobre este lugar». Ellos llevaron la respuesta al rey.
29 El rey mandó reunir a todos los ancianos de Judá y de Jerusalén.
30 Luego subió a la Casa del Señor, acompañado de todos los hombres de Judá y de los habitantes de Jerusalén –los sacerdotes, los levitas y todo el pueblo, desde el más grande al más pequeño– y les leyó todas las palabras del libro de la Alianza, que había sido hallado en la Casa del Señor.
31 Después, de pie sobre su estrado, el rey selló delante del Señor la alianza que obliga a seguir al Señor y a observar sus mandamientos, sus testimonios y sus preceptos, de todo corazón y con toda el ama, poniendo en práctica las palabras de la alianza escritas en aquel libro.
32 El hizo que se comprometieran todos los que se encontraban en Jerusalén y en Benjamín, y los habitantes de Jerusalén obraron conforme a la alianza de Dios, el Dios de sus padres.
33 Josías hizo desaparecer todas las abominaciones de los territorios pertenecientes a los israelitas, y obligó a todos los que se encontraban en Israel a servir al Señor, su Dios. Durante toda su vida, ellos no dejaron de seguir al Señor, el Dios de sus padres.


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El Antiguo Testamento
 PROVERBIOS C. 9



Capítulo 9
1 La Sabiduría edificó su casa, talló sus siete columnas,
2 inmoló sus víctimas, mezcló su vino, y también preparó su mesa.
3 Ella envió a sus servidoras a proclamar sobre los sitios más altos de la ciudad:
4 «El que sea incauto, que venga aquí». Y al falto de entendimiento, le dice:
5 «Vengan, coman de mi pan, y beban del vino que yo mezclé.
6 Abandonen la ingenuidad, y vivirán, y sigan derecho por el camino de la inteligencia».
7 El que corrige a un insolente se atrae la ignominia, y el que reprende a un malvado, el deshonor,
8 No reprendas a un insolente, no sea que te odie; reprende a un sabio, y te amará,
9 Da al sabio y se hará más sabio aún, instruye al justo y ganará en saber.
10 El comienzo de la sabiduría es el temor del Señor, y la ciencia del Santo es la inteligencia.
11 Porque tus días se multiplicarán gracias a mí y se añadirán años a tu vida.
12 Si eres sabio, lo eres para ti, si eres insolente, tú solo lo sufrirás.
13 La señora Necedad es turbulenta, es estúpida y no sabe nada.
14 Ella se sienta a la puerta de su casa, en una silla, sobre las alturas de la ciudad,
15 para gritar a los transeúntes que van derecho por el camino:
16 «El que sea incauto, que venga aquí». Y al falto de entendimiento, le dice:
17 «¡Las aguas robadas son dulces y el pan quitado a escondidas, delicioso!».
18 Pero él no sabe que allí están las Sombras, y sus invitados, en las profundidades del Abismo.


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El Antiguo Testamento
 PROVERBIOS C. 10

Capítulo 10
1 Proverbios de Salomón. Un hijo sabio es la alegría de su padre, pero un hijo necio es la aflicción de su madre.
2 Tesoros mal adquiridos no sirven de nada, pero la justicia libra de la muerte.
3 El Señor no deja que el justo sufra hambre, pero rechaza la avidez de los malvados.
4 La mano indolente empobrece, pero el brazo laborioso enriquece.
5 El que junta en verano es un hombre precavido, el que duerme en la cosecha es despreciable.
6 Las bendiciones descienden sobre el justo, la boca de los malvados encubre la violencia.
7 La memoria del justo es bendecida, pero el nombre de los malvados se pudrirá.
8 El de corazón sabio acepta los mandamientos, pero el de labios necios va a la perdición.
9 El que camina con integridad camina seguro, el que sigue caminos tortuosos será descubierto.
10 El que guiña el ojo hace sufrir, el que reprende con franqueza da tranquilidad.
11 La boca del justo es una fuente de vida, pero la de los malvados encubre la violencia.
12 El odio provoca altercados, pero el amor cubre todas las faltas.
13 En labios del inteligente se encuentra la sabiduría, y la vara es para las espaldas del insensato.
14 Los sabios atesoran la ciencia, pero la boca del necio es una ruina inminente.
15 La fortuna del rico es su plaza fuerte, la pobreza de los débiles es su ruina.
16 El salario del justo lleva a la vida, la renta del impío, al pecado.
17 El que respeta la instrucción camina hacia la vida, pero el que rechaza la reprensión se extravía.
18 El que disimula su odio tiene labios mentirosos, y el que levanta una calumnia es un necio.
19 Donde abundan las palabras nunca falta el pecado, el que refrena sus labios es un hombre precavido.
20 Plata acrisolada es la lengua del justo, el corazón de los malvados no vale gran cosa.
21 Los labios del justo sustentan a muchos, pero los necios mueren por falta de sensatez.
22 La bendición del Señor es la que enriquece, y nada le añade nuestro esfuerzo.
23 Cometer una infamia es una diversión para el insensato, y lo mismo es la sabiduría para el hombre inteligente.
24 Al malvado le sucederá lo que teme, y a los justos se les dará lo que desean.
25 Pasa la tormenta, y ya no existe el malvado, pero el justo tiene cimientos eternos.
26 Como vinagre para los dientes y humo para los ojos, así es el perezoso para el que le da un encargo.
27 El temor del Señor acrecienta los días, pero los años de los malvados serán acortados.
28 La esperanza de los justos es alegre, pero la expectativa de los malvados se desvanecerá.
29 El camino del Señor es refugio para el hombre íntegro y ruina para los que hacen el mal.
30 El justo no vacilará jamás, pero los malvados no habitarán la tierra.
31 De la boca del justo brota la sabiduría, pero la lengua perversa será extirpada.
32 Los labios del justo destilan benevolencia, y la boca de los malvados, perversidad.


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