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DIA 196-SANTA BIBLIA EN UN AÑO TEXTO Y AUDIO



196 - DÍAS. LA SANTA BIBLIA
TEXTO Y AUDIO

El Antiguo Testamento
SEGUNDO LIBRO
 DE LAS CRONICAS C. 23

Capítulo 23
1 Al séptimo año, Iehoiadá se armó de valor y reunió a los centuriones: a Azarías, hijo de Ierojam, a Ismael, hijo de Iehojanán, a Azarías, hijo de Obed, a Maaseías, hijo de Adías, y a Elisafat, hijo de Zicrí. Hizo un pacto con ellos,
2 y recorrieron todo el territorio de Judá congregando a los levitas de todas las ciudades y a los jefes de familia de Israel. Cuando llegaron a Jerusalén,
3 toda la asamblea selló una alianza con el rey en la Casa de Dios. Iehoiadá les dijo: «Aquí está el hijo del rey. El debe reinar, como lo dijo el Señor acerca de los descendientes de David.
4 Ustedes harán lo siguiente: un tercio de ustedes, los sacerdotes y                          levitas que entran de servicio el día sábado, montarán guardia en las puertas;
5 otro tercio ocupará la casa del rey, y el otro tercio se quedará en la puerta del Fundamento. Mientras tanto, todo el pueblo permanecerá en los atrios de la Casa del Señor.
6 Que nadie entre en la Casa del Señor, fuera de los sacerdotes y levitas que estén de servicio. Ellos podrán entrar, porque están consagrados. Pero todo el pueblo observará las prescripciones del Señor.
7 Los levitas formarán un círculo alrededor del rey, con las armas en la mano. Cualquiera que intente penetrar en el Templo, morirá. Permanezcan junto al rey dondequiera que vaya».
8 Los levitas y todo Judá ejecutaron exactamente lo que les había ordenado el sacerdote Iehoiadá. Cada uno de ellos tomó a sus hombres –los que entraban de servicio y los que eran relevados el día sábado– porque el sacerdote Iehoiadá no había exceptuado a ninguna de las clases.
9 El sacerdote Iehoiadá entregó a los centuriones las lanzas, los escudos y los broqueles del rey David, que estaban en la Casa de Dios.
10 Luego apostó a toda la tropa, casa uno con una jabalina en la mano, desde el lado sur hasta el lado norte de la Casa, delante del altar y delante de la Casa, para formar un círculo alrededor del rey.
11 Entonces hicieron salir al hijo del rey, le impusieron la diadema y el Testimonio, lo proclamaron rey, y Iehoiadá y sus hijos lo ungieron, aclamando: «¡Viva el rey!».
12 Atalía oyó el griterío de la gente que corría y aclamaba al rey, y se dirigió hacia la Casa del Señor, donde estaba el pueblo.
13 Y al ver al rey de pie sobre el estrado, junto a la entrada, a los jefes y las trompetas junto al rey, a todo el pueblo que estaba de fiesta y tocaba las trompetas, y a los cantores que dirigían las aclamaciones con sus instrumentos musicales, rasgó sus vestiduras y gritó: «¡Traición! ¡Traición!».
14 Entonces el sacerdote Iehoiadá impartió órdenes a los centuriones encargados de la tropa, diciéndoles: «¡Háganla salir de entre las filas! Si alguien la sigue, que sea pasado al filo de la espada». Porque el sacerdote había dicho: «No la maten la Casa del Señor».
15 La llevaron a empujones, y por la entrada de la puerta de los Caballos legó a la casa del rey; allí la mataron.
16 Iehoiadá selló una alianza entre el Señor, el rey y todo el pueblo,                          comprometiéndose este a ser el pueblo del Señor.
17 Luego, todo el pueblo se dirigió al templo de Baal, lo derribó y destrozó sus altares y sus imágenes. Y a Matán, el sacerdote de Baal, lo mataron delante de los altares.
18 Iehoiadá estableció puestos de guardia en la casa del Señor, a las órdenes de los sacerdotes que David había distribuido en la Casa del Señor, para ofrecer holocaustos al Señor –como está escrito en la Ley de Moisés –con alegría y con cantos, según las prescripciones de David.
19 Puso porteros en las puertas de la Casa del Señor, para que no entrara absolutamente nada impuro.
20 Después reunió a los centuriones, a los dignatarios, a las autoridad del pueblo y a toda la gente del país; hizo descender a la Casa del Señor al rey, y entraron en la casa del rey por la puerta Alta. Allí hicieron sentar al rey en el trono real.
21 Toda la gente del país se alegró y la ciudad permaneció en calma. A Atalía la habían pasado al filo de la espada.
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El Antiguo Testamento
SEGUNDO LIBRO
 DE LAS CRONICAS C. 24

Capítulo 24
1 Joás tenía siete años cuando inició su reinado, y reinó cuarenta años en Jerusalén. Su madre se llamaba Sibia, y era de Berseba.
2 Joás hizo lo que es recto a los ojos del Señor mientras vivió el sacerdote Iehoiadá,
3 Este lo hizo casar con dos mujeres, y él tuvo hijos e hijas.
4 Después de esto, Joás resolvió restaurar la Casa del Señor.
5 Reunió a los sacerdotes y a los levitas, y les dijo: «Salgan todos los años por las ciudades de Judá, y recojan dinero de todo Israel para restaurar la Casa de nuestro Dios. Háganlo lo antes posible». Pero los levitas no se apresuraron a hacerlo.
6 Entonces el rey llamó al Sumo Sacerdote Iehoiadá y le preguntó: «¿Por qué no les has insistido a los levitas para que traigan de Judá y de Jerusalén las contribuciones que Moisés, el servidores de Dios, y la asamblea de Israel prescribieron para la Carpa del Testimonio?
7 Porque Atalía, la impiedad en persona, y sus secuaces han dejado deteriorar la Casa de Dios, y han destinado al culto de los Baales las ofrendas consagradas a la Casa del Señor».
8 Entonces el rey ordenó que se hiciera una cofre y se lo colocara junto a la puerta de la casa del Señor, en la parte exterior;
9 y se proclamó en Judá y en Jerusalén que trajeran al Señor la contribución que Moisés, el servidor de Dios, había impuesto a Israel en el desierto.
10 Todos los jefes y el pueblo se alegraron, y traían sus ofrendas y las echaban en el cofre hasta que se llenaba.
11 Cuando era el momento de llevar el cofre a la administración real por medio de los levitas, si veían que había mucho dinero venía el secretario del rey y el inspector del Sumo Sacerdote, vaciaban el cofre para retirar el dinero y luego lo volvían a colocar en su lugar. Así se hacía cada día, y se reunía mucho dinero.
12 El rey y Iehoiadá se lo entregaban a los encargados de las obras de la Casa del Señor, y también herreros y fundidores de bronce para repararla.
13 Cuando los obreros pusieron manos a la obra, el trabajo fue progresando hasta que la Casa de Dios quedó restaurada y consolidada.
14 Y una vez terminada la obra, trajeron el resto del dinero al rey y a Iehoiadá, a fin de que se fabricaran utensilios para la Casa del Señor: recipientes para el uso litúrgico y para los holocaustos, vasos y objetos de oro y plata. Mientras vivió Iehoiadá se ofrecieron continuamente holocaustos en la Casa del Señor.
15 Iehoiadá envejeció y murió colmado de días, cuando tenía ciento treinta años.
16 Lo sepultaron junto a los reyes, en la Ciudad de David, porque había obrado bien en Israel en lo que respecta a Dios y a su Casa.
17 Después de la muerte de Iehoiadá, los jefes de Judá fueron a postrarse delante del rey, y este se dejó llevar por sus palabras.
18 Entonces abandonaron la Casa del Señor, el Dios de sus padres, y rindieron culto a los postes sagrados y a los ídolos. Por este pecado, se desató la indignación del Señor contra Judá y Jerusalén.
19 Les envió profetas que dieron testimonio contra ellos, para que se convirtieran al Señor, pero no quisieron escucharlos.
20 El espíritu de Dios revistió a Zacarías, hijo del sacerdote Iehoiadá, y este se presentó delante del pueblo y les dijo: «Así habla Dios: ¿Por qué quebrantan los mandamientos del Señor? Así no conseguirán nada. ¡Por haber abandonado al Señor, él los abandonará a ustedes!».
21 Ellos se confabularon contra él, y por orden del rey lo apedrearon en el atrio de la Casa del Señor.
22 El rey Joás no se acordó de la fidelidad que le había profesado Iehoiadá, padre de Zacarías, e hizo matar a su hijo, el cual exclamó al morir: «¡Que el Señor vea esto y les pida cuenta!».
23 Al comenzar el año, el ejército de los arameos subió a combatir contra Joás. Invadieron Judá y Jerusalén, ejecutaron a todos los jefes que había en el pueblo, y enviaron el botín al rey de Damasco.
24 Aunque el ejército de Aram había venido con pocos hombres, el Señor entregó en sus manos a un ejército mucho más numeroso, por haberlo abandonado a él, el Dios de sus padres. De esta manera, los arameos hicieron justicia con Joás,
25 y cuando se fueron, lo dejaron gravemente enfermo. Sus servidores tramaron una conspiración contra él para vengar la sangre del hijo del sacerdote Iehoiadá, y lo mataron cuando estaba en su lecho. Así murió, y fue sepultado en la Ciudad de David, pero no en el sepulcro de los reyes.
26 Los conjurados fueron Zabad, hijo de Simat, la monita, y Jozabad, hijo de Simrit, la moabita.
27 Todo lo que se refiere a sus hijos, a los numerosos oráculos pronunciados contra él y a al restauración de la Casa de Dios, está escrito en el Comentario al libro de los Reyes. Su hijo Amasías reinó en lugar de él.
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El Antiguo Testamento
SEGUNDO LIBRO
 DE LOS MACABEOS C. 15
Capítulo 15
1 Cuando Nicanor supo que los hombres de Judas se hallaban en las regiones de Samaría, resolvió atacarlos sin ningún riesgo el día de descanso.
2 Los judíos que iban con él por la fuerza, le dijeron: «No los mates tan despiadada y cruelmente; respeta más bien el día que ha sido santificado especialmente por Aquel que todo lo ve».
3 El muy perverso preguntó si había en el cielo un Soberano que hubiera ordenado celebrar el día sábado.
4 Ellos le respondieron: «El mismo Señor que vive en el cielo es el Soberano que ha mandado observar el séptimo día».
5 El replicó: «También yo soy soberano en la tierra y ordeno empuñar las armas para servir al rey». Sin embargo, no llegó a realizar su funesto designio.
6 Nicanor, ensoberbecido sobremanera, había decidido levantar un monumento público, con los trofeos ganados a los hombres de Judas.
7 Por el contrario, el Macabeo mantenía una confianza inalterable, esperando recibir la ayuda del Señor.
8 El exhortaba a sus compañeros a no temer el ataque de los paganos, y a contar con la victoria que también esta vez les vendría                          de la mano del Todopoderoso, recordando los auxilios que antes habían recibido del Cielo.
9 También los alentaba, por medio de la Ley y los Profetas, recordándoles los combates que habían sostenido exitosamente, y así reavivó su coraje.
10 Y al mismo tiempo que les infundía valor, los estimulaba mostrándoles la deslealtad de los paganos y cómo violaban sus juramentos.
11 De esa manera, armó a cada uno de ellos, no tanto con la seguridad que dan los escudos y las lanzas, cuanto con la confianza que infunden las palabras de aliento. Además les expuso un sueño totalmente fidedigno, que los alegró a todos.
12 El había visto lo siguiente: Onías, el que había sido Sumo Sacerdotes, hombre cabal, de trato modesto, de carácter afable, de hablar mesurado, ejercitado desde niño en todas las prácticas virtuosas, oraba con los brazos extendidos por toda la comunidad de los judíos.
13 Luego apareció también un personaje que se destacaba por sus cabellos blancos y su prestancia, revestido de una dignidad soberana y majestuosa.
14 Entonces Onías tomó la palabra y dijo: «Este es Jeremías, el profeta de Dios, que ama a sus hermanos, y ora sin cesar por su pueblo y por la Ciudad santa».
15 Después Jeremías extendió su mano derecha y entregó a Judas una espada de oro, diciendo mientras se la daba:
16 «Recibe esta espada santa como un don de Dios: con ella destruirás a tus enemigos».
17 Reconfortados con estas bellísimas palabras de Judas, capaces de llevar al heroísmo y de robustecer los corazones juveniles, todos decidieron no quedarse a la defensiva, sino lanzarse valerosamente a la ofensiva, y decidir la situación luchando con la mayor valentía, porque estaban en peligro la Ciudad, las instituciones sagradas y el Santuario.
18 El cuidado de las mujeres y los niños, de sus hermanos y parientes, pasaba a segundo plano; lo primero y principal era el Templo consagrado.
19 Y no era menor la angustia de los que habían quedado en la ciudad, preocupados como estaban por el combate que se iba a librar en campo abierto.
20 Todos aguardaban el desenlace inminente. Los enemigos ya se habían concentrado y el ejército se había alineado en orden de batalla; los elefantes estaban situados en lugares estratégicos y la caballería se había ubicado en los flancos.
21 Entonces el Macabeo, al ver las tropas que tenía delante, la variedad de las armas con que estaban equipadas y la ferocidad de los elefantes, extendió las manos hacia el cielo e invocó al Señor que hace prodigios, porque sabía muy bien que no es por medio de las armas, sino de la manera como él lo decide, que otorga la victoria a los que la merecen.
22 El hizo su invocación con estas palabras: «Tú, gran Señor, enviaste a tú ángel a Ezequías, rey de Judá, y él exterminó a ciento ochenta y cinco mil hombres del ejército de Senaquerib.
23 Envía también ahora, Soberano del cielo, un ángel protector delante de nosotros para sembrar el pánico y el terror.
24 ¡Que por la fuerza de tu brazo queden aterrados los que avanzan blasfemando contra tu Pueblo santo!». Así terminó su oración.
25 Mientras las tropas de Nicanor avanzaban al son de trompetas y cantos de guerra,
26 los hombres de Judas se enfrentaron con sus enemigos entre invocaciones y plegarias.
27 Ellos luchaban con sus manos, y con el corazón oraban a Dios. Así abatieron a no menos de treinta y cinco mil hombres, y se regocijaron por la visible intervención de Dios.
28 Cuando volvían gozosos del combate, reconocieron a Nicanor, tendido en tierra con su armadura.
29 Entre gritos y clamores, bendecían al Señor en la lengua de sus padres.
30 Después, el que se había entregado por entero, en cuerpo y alma, combatiendo en primera línea por sus compatriotas, el que había conservado hacia ellos el afecto de su juventud, mandó cortar la cabeza y un brazo entero de Nicanor, y ordenó que los llevaran a Jerusalén.
31 Al llegar allí, convocó a sus compatriotas y a los sacerdotes, se puso delante del altar y mandó buscar a los de la Ciudadela.
32 Entonces les mostró la cabeza del malvado Nicanor y el brazo que aquel blasfemo, en un arrebato de soberbia, había levantado contra la santa Casa del Todopoderoso.
33 Luego mandó que la lengua del impío Nicanor fuera cortada a pedazos y arrojada a los pájaros, y que su brazo fuera colgado frente al Santuario, como pago de su insensatez.
34 Todos elevaron sus bendiciones hacia el cielo, en honor del Señor que se les había manifestado, exclamando: «¡Bendito sea el que ha conservado sin mancha su Lugar santo!».
35 Judas mandó colgar de la Ciudadela la cabeza de Nicanor, como un signo manifiesto y visible a todos de la protección del Señor.
36 Todos decretaron de común acuerdo que aquel día no se dejara de conmemorar, sino que fuera celebrado el día trece del duodécimo mes –llamado Adar en arameo– víspera del día llamado de Mardoqueo.
37 Estos son los sucesos referentes a Nicanor. Como a partir de entonces la Ciudad quedó en poder de los hebreos, aquí mismo terminaré mi relato.
38 Si este ha sido bueno y bien logrado, no es otra cosa lo que yo pretendía. Si, por el contrario, es imperfecto y mediocre, lo cierto es que hice todo lo que pude.
39 Porque así como beber solamente vino o solamente agua es perjudicial y, en cambio, el vino mezclado con agua es agradable y produce un placer especial, de la misma manera la disposición armoniosa del relato agrada a los oídos de los que leen la obra. Y con esto, llegamos al fin.

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